Ana

Recuerdo que era pendejo, y mientras me comía mi plato de tallarines usando un paño e' plato como servilleta envuelto en el cuello, en la radio Pudahuel que estaba en la cocina la Ana Gabriel cantaba que cuanto daría por gritarles nuestro amor... Decirles que al cerrar la puerta nos amamos sin control... ¡Que despertamos abrazados... Con ganas de seguir amándonos¡ (Es imposible no haber leído las líneas anteriores sin escuchar por dentro el timbre carrasposo de la voz de la cantante). 
Yo seguía comiendo, como un fusilero palestino con su pañuelito envuelto al cuello, y la radio sonaba a todo color (na' que ver la weá). La hora de irme se aproximaba, y mi camisa celeste estaba planchadita, planchadita, planchadita (Es imposible no haber leído las líneas anteriores sin escuchar por dentro el timbre carrasposo de Luca Prodán), y a salvo de la salsita de tomates de mi almuerzo. Mi cabeza bien peinada, el resto del uniforme impecable y los zapatitos lustrados. Parecía un funcionario de la contraloría general de la república de esas épocas en que las personas trabajaban de verdad en la misma pega por casi toda su vida. En fin. Ese es tema para otro cuento. 
El asunto es que había música, y unos treinta años después suena exactamente la misma canción ¡Pero es que en realidad no aceptan nuestro amor!. Y soy yo, el mismo escolar pequeño de las líneas anteriores, que ahora está sentado en una silla de playa, vendiendo ropa americana en una feria libre de pueblo costero chileno, recordando ese pasado. Descubro que la canción me la sé de memoria, aunque del cabro chico, aparte de su hambrienta voracidad que continúa intacta, no queda casi nada. 
Ahora tengo que lavarme y vestirme solo, y no tengo nada de ese énfasis que tuvo mi mamá por aquél entonces en mi presentación personal. Mido un metro ochenta, peso noventa kilos, aun uso el pelo corto, sin cortes de pelo irrisorios (mi mamá nunca me lo permitió, así que quedé con el hábito arraigado) y me suelo vestir como gringo mochileando en las Torres del Paine. 
En general me considero una persona simple -de aspecto- y siento que no tengo demasiadas intenciones ambiciosas para mi vida personal salvo el querer tener una casa y vivir algún día en algún lugar tropical donde no haga frío y el agua sea tibia y clarita para poder bucear o hacer snorkel y tener tiempo para tocar mi guitarra Fender. Eso es todo. Piola. 
No puedo recordar cuáles eran los anhelos de ese cabro chico. Sólo recuerdo que hacía lo que hacen todos los niños: ir al colegio obligado, salir a jugar con los cabros a la calle, dibujar, escuchar música -en mi roller amarilla noventera- y ver la tele. Piola. Por ese entonces escuchaba la canción de la Ana Gabriel y no la entendía. Mis neuronas solamente la memorizaban. 
Ahora la escuchaba y cachaba que se trataba sobre una relación de pareja no aceptada por los demás. ¿Qué tipo de relaciones no se aceptan? Me preguntaba. Porque a nadie le importa que una pareja decida juntarse a hacer obsenidades en su tiempo. Y claro.... Caí en la cuenta que por aquél entonces se pudo tratar de una relación homosexual (que en la actualidad a nadie le llama la atención), una relación con demasiada diferencia de edad (que en realidad no son aceptadas cuando uno de los involucrados es impúber, o su edad está bajo de la línea de la mayoría de edad legal), o que uno o ambos sean personas legalmente comprometidas (el adulterio cae en cierta ilegalidad, habría que sapear la ley vigente), porque los compromisos informales no cuentan demasiado... También se podría tratar de una relación que no es aceptada por temas personales específicos, como cuando un padre no aprueba a la pareja de su hija porque no le parece un candidato que esté a la altura. Pero en ese caso el asunto depende de una valoración subjetiva que no es trascendente (a nadie más puede interesarle el o los motivos del padre). Y eso. No me imagino más escenarios posibles. 
Sin embargo, y a pesar de todos los rollos que puedo tener al respecto, la canción es muy buena. Nadie me lo puede negar. 
Amigos simplemente amigos y nada más. 

Aun me encantan los tallarines con salsa. 

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