amanecía
Los amaneceres son los mejores amigos del hombre. Nada que ver. Pero el amanecer es bueno. Y es que de pronto demasiada noche también nos cansa: demasiada penumbra, demasiado sueños delirantes... Entonces amanece y llega la hora de salir a vivir. Pero esto no es norma. Muchas especies han desarrollado sus existencias durante la oscuridad que les brinda especialmente la noche (porque otras han desarrollado sus existencias en la oscuridad perpetua y artificiosa de los bajo fondos marinos, por ejemplo). Incluso algunos humanos han desarrollado gran parte de su vida durante las noches a pesar de que no estamos especialmente construídos para esa configuración. Pero el caso del ser humano siempre es especial: el desarrollo de su inteligencia y el posser consciencia de sí mismo y también una voluntad le permiten hacer excepciones que van mucho más allá de sus básicos instintos. Pero ese tema para otro cuento. La cosa es que aun así en algún instante el ser humano debe dormir, y la noche siempre ha brindado el mejor escenario para hacerlo. También, y a pesar que elijamos existir de preferencia en las noches, la oscuridad nos cansa porque nunca, desde que el planeta comenzó con su rotación, la oscuridad ha sido eterna. De hecho Dios, al crear la realidad, lo primero que hizo fue separar luz de las tinieblas. No pudo ser de otro modo, porque no existía ni la una ni la otra (aunque la sola idea nos parezca imposible... Incluso lo que pudo ser antes del big bang no es tema relevante para la ciencia).
Y amanece. Comienzan los primeros rayos de luz a asomarse por el borde del mundo, mutando, cambiando de color a medida que sus propiedades van cambiando y así, después de alrededor de unos ocho minutos luz de recorrido, se terminan colando entre las rendijas más estrechas, o los espacios más angostos que quedan entre nuestras cortinas para entrar en la habitación y darnos justo sobre el rostro. Una coincidencia casi imposible, algo así como un milagro que ocurre día a día, cada vez que amanece.
Ahora mismo vi -otra vez- amanecer. Perfecto, hermoso, veloz, luminoso, como cantara Federico antes que el ve i hache lo devorara por dentro. Por una ventanilla... Una escotilla de avión, encerrado en un cilindro a unos diez mil metros sobre la tierra vi aparecer el sol, ese reactor nuclear prehistórico que se resiste a extinguir.
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