Gitanos
Hace unos días se me acercó un gitano a pedirme plata. Me dijo que necesitaban comprar plástico para tapar las carpas de su campamento en Llo Lleo. Yo apenas dije algo, mientras le pedía a mi amorsito más linda de la creación que me diera monedas de su chorito. Soy muy barcelona para mis cosas, pero eso es tema para otro cuento. El asunto es que apenas había dicho algo cuando el hombre comenzó a decirme que no era delicuente, solamente gitano, y eso los hacía diferentes. "Vivimos la vida como todos, pero más desordenados", remató. Mientras el hombre me hacía su declaración de principios yo lo examinaba. Era gitano sin duda alguna: muy flaco, con ese perfil de pájaro, ojos chicos y nariz grande y filosa. Tenía algunas pizcas caucásicas de algún pasado que debió haber venido desde el este europeo... Tal vez. Al final le di unas monedas, las recibió y se fue contando el poco dinero con minusiocidad.
Pensé en los gitanos y en la vida que llevan, dándose vueltas, viviendo en carpas, engañando a las personas y vendiendo cosas de cobre... La imagen típica que tengo desde la infancia. Me asombra que aún conserven esas maneras tan particulares en un mundo cada vez más homogeneizante. Al final el tema de la globalización parecía una especie de ideal, como el de Lennon, ese de vivir todos como uno. Quizá ese cuento no sea tan maravilloso después de todo. Con esta weá de pandemia el asunto ciberespacial se disparó porque la comunicación digital se convirtió de un día para el otro en la regla. No existe otro modo. Y el mundo virtual venía generando desde hace poco nuevas tendencias culturales. Un cabro chico en Mongolia, Guyana, Filipinas o el Congo podía estar vacilando al mismo tiempo el baby shark, cosa que tal vez ni el mismísimo Michael Jackson no hubiera logrado ni en el punto máximo de toda su carrera musical.
Tal vez esta weá del baby shark pareciera tan ingenua como pudiera aparentar, pero este tipo de manifestaciones -al igual que Miguelito Jackson en su momento- son transmisoras de subjetividad y cultura. De cultura: idioma inglés, un estilo musical y diseño visual foráneos, fauna nueva... Por otro lado la subjetividad: la idealización de la primera infancia, o la hiper infantilización del mundo. Todos los niños terminan integrando la misma idea en medio de contextos culturales completamente diferentes. Después, llegado el momento en que les toque representar su propia cultura, terminarán asimilando y fusionando estos elementos en sus propias y nuevas expresiones, por lo que éstas, lo más probable, contengan cierto sesgo de aquellas ideas globales. Así, poco a poco a través de las generaciones, las expresiones culturales de orígenes diversos comenzarán a homogeneizar su contenido y forma. Lo mismo ocurrirá -y con mayor velocidad- con los discursos, y por ende y al mismo tiempo, con la subjetividad de los pueblos.
En un escenario como este es muy probable que los campamentos gitanos ya no encuentren un lugar en el mundo para levantarse, subsistir y sobre todo generar cultura y permanecer a través de la historia. Esto no ocurrirá debido a una supuesta sociedad futura global, intolerante y discriminadora, sino que por la transformación paulatina de la cultura y los discursos desde su propio núcleo. Desde el mismo interior de sus carpas se comenzará poco a poco a gestar esta transformación y, tal vez, en un futuro no volveré a toparme con un gitano descarriado pidiendo plata para supuestamente comprar plástico para proteger las carpas de su campamento. Tal vez este pequeño relato, en un futuro lejano o próximo, parezca un relato historico sobre algo que existió y ya no es. No me gustan los gitanos, me han caído mal desde que sufrí la desdicha de que me cagaran, y después sólo me dediqué a ser indiferente y discriminador, pero el mundo sin estos weones sin duda sería un mundo diferente; diferente para mal, tal vez.
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