Piedra seca
La carne es muy rica. La grasa, sobre todo. Y siento que para mi, como ser humano, la grasa tiene como ese atractivo inevitable que tiene el copete pal alcohólico, o la pasta pal angustiado.
La trampa, claro está, es la misma: es rico pero es malo. Es difícil para uno como humano vivir con ese dilema. Si pudiera comería grasas todos los días y a cada rato. Pero tal hábito sería a la larga (y ni tan larga) algo destructivo. Los mismos que el alcohol para el borracho y la pasta para el adicto.
¿Y ahora qué... qué nos queda?, Cantaba desconsolado el pelado Cordera (salió verso, sin mayor esfuerzo). Nada. Sólo queda seguir viviendo con ese y con otros dilemás más que ahora mismo no recuerdo.
Ahora recordé otro: el dilema COVID.
Esta weá consiste en vivir rodeado de un virus, un ente microcóspico, que genera afecciones en la salud del ser humano: desde un resfrío hasta la muerte.
El mundo entero está colapsado. Algo nunca antes experimentado a esta escala en toda la historia (conocida) de la humanidad. De pronto somos presas de una calamidad invisible al ojo de la cual debemos protegernos andando con cautela. Incorporamos la mascarilla, el distanciamiento y las cuarentenas totales o parciales a nuestra cotidianeidad. El dilema es ese: el aburrimiento. El ser humano desea continuar viviendo su vida como lo venía haciendo desde el principio. El virus es invisible, así que no tenemos el peligro ahí a simple vista. No hay un enemigo al que poder identificar y dirigir todo nuestro desprecio. Quizá era mucho más fácil tener a un tirano y enfocar la causa de todo el mal en su única figura. No lo sé. Pero volviendo al tema: el dilema es ese: saber que la calamidad está ahí, muy cerca -demasiado- pero aun así salir y exponernos, y exponer al resto, porque esta calamidad te puede usar como un vector para alcanzar a otros a quienes sí afecte o mate. ¿De quién es la culpa? Del virus, por supuesto, pero no podemos culparlo. Si fuera un perro lo sacrificaríamos, pero incluso los animalistas saldrían en su defensa. Es como pasó con Moby Dick.
Pero se trata de una cosa microscópica. Está viva, claro, pero es muchas veces más pequeña que Moby Dick, incluso que un perro, y como el humano es bueno para juzgar las cosas por el tamaño, entonces este ente no califica: no he sabido de la existencia de virusistas, o tendencias o agrupaciones pro virus. Por lo tanto no hay culpable.
Esta calamidad es el enemigo perfecto. Es tan insignificante que no le alcanza el tamaño ni siquiera para poder cargarle la culpabilidad por algo. Entonces esa culpabilidad pasa de largo, rebota y la responsabilidad nos cae encima. Ese ese, al final de todo, el dilema.
Todos sabemos muy bien de qué se trata, pero nos aburrimos, nos desesperamos y queremos volver a lo nuestro, a recuperar esa libertad arrebatada, y nos frustramos y nos declaramos en rebeldía, y nos critican por ser egoístas y alzamos más puentes para que el virus continúe expandiéndose entre los individuos. Más infección, más afección y más muerte. No importa. Sí importa. Fue la culpa del virus. Fue tu culpa. Fue la mía.
Inoculémonos. Esperemos.
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